Atiende en la Caja Nacional de salud...
(La Paz.Bolivia)
Atiende en la caja de salud El roce, la ficción y la caída de miles de millones de granos de arena producen en algunas zonas del planeta un fenómeno sonoro muy curioso, muchos dicen que se parece al sonido de los pasos de una persona o el susurro de una voz.
Las subidas y bajadas de temperaturas en estos lugares y los materiales cristalizados de esas arenas ayudan a que el efecto se multiplique y pueda ser apreciada a kilómetros a la redonda. En otras ocasiones produce una serie de acústicas encadenadas que recorren las dunas como si de canticos de
sirenas invisibles se tratara. Científicamente, por tanto, hay quienes dudan de la existencia de los fantasmas, pero para nada esta versión podría ser aceptada por un hombre que hace unos cinco o seis meses estuvo internado en la caja nacional de salud.
Julio Cesar estuvo internado por un problema ortopédico durante 15 días, el tiempo suficiente para que fuera testigo de que en esas instalaciones no solo rondaban las enfermeras con sus blancos guardapolvos, sino también espectros que, como si no fueran ajenos a este mundo, se paseaban
entre los pacientes y médicos. El tiempo que permaneció internado hizo que las enfermeras se vuelvan amigas de Julio Cesar. Como a cualquiera de los pacientes del recinto, ellas se encargaban de tomarle la presión, la temperatura y realizarle un pequeño chequeo cada vez que lo visitaban. Esa acción se repetía tres veces al día: una a las nueve de la mañana, otra a las seis de la tarde y por último a eso de las tres de la madrugada.
La revisión madrugadora era la más molestosa para los pacientes, ya que muchas veces interrumpían un bello sueño, difícil de conseguir cuando se está en medio de jeringas, tubos de oxigeno y gente que se queja. De existir fantasmas que sueltan sus lamentos en esas instalaciones, nadie los notaria,ya que los quejidos de muchos pacientes suenan mas lastimeros y tenebrosos que los fantasmagóricos.
Una de esas noches , cuando aparentemente las enfermeras se habían olvidado de dar la ronda acostumbrada a las tres de la mañana, por la sala donde estaba internado Julio Cesar, se apareció sigilosa una enfermera a tomarle la presión y no encendió la luz como lo hacían siempre las otras.
- Me hizo el chequeo y yo quede contento, porque no me incomodo. Vi su mandil blanco, pero no su rostro, y luego se marcho sin causar ruido alguno.
- Era la enfermera ideal, ya que no espotricaba como las otras, cuando uno quería despertar, cuenta Julio.
Después de la revisión, salió de puntillas, como si pisara huevos no pronuncio palabra alguna. Parecía que esa madrugada todos dormirían tranquilos, pero a los cinco minutos vino otra enfermera, encendió la luz y dijo “vengo a tomarle la presión don Julio” el hombre trato de convencerla que ya lo había visitado una enfermera y que hizo las mediciones, pero ella no le creyó.
- Me dijo que recién era la hora de tomar la presión y discutimos un buen rato,
hasta que la convencí de que ya me habían chequeado, pero igual me volvieron a auscultar, porque, según ella, la que me había hecho las mediciones antes era solo el alama de una enfermera que murió hace diez años, un espíritu que se niega a dejar la caja y que hoy aun atiende a los pacientes.


















