viernes, 7 de junio de 2019





Era una mujer muy curiosa que viví en el callejón
Jaén, de la ciudad de La Paz y permanecía día y
noche en la ventana, observando lo que hacía o
decía la gente. Allí cocinaba, lavaba, surcía, siempre con la
vista a la calle, murmurando de cada persona que tenía la
mala suerte de pasar por allí.
Una noche se le acercó un hombre de capa y sombrero
alto, quién entregandole un paquete le dijo:
-Buenas noches señorita, si no es molestia para usted, le
ruego guardarme hasta mañana este paquete de cirios. Volveré
a esta misma hora a recogerlo.
-Con mucho placer caballero- repuso la curiosa- y puede
usted dejarme todos los paquetes que desee, que en mi
poder están bien guardados como en el suyo.
-Muchas gracias, muchas gracias- agradeció el hombre y
haciéndole una reverencia se fue.
Notó la curiosa que el caballero del paquete tenía un olor
raro y no pudiendo vencer su curiosidad abrió el envoltorio
descubriendo sorprendida, en vez de los cirios que le
había dicho, canillas y fémures de un muerto.
Al día siguiente aterrada le contó lo sucedido a su confesor,
quién le dijo:
-Hija mía, ese caballero que me dices es un condenado y la
única manera de poder librarte de él, es esperarlo rodeada
de muchos niños que lloren cuando él llegue. Sólo a ellos
temen los condenados.
La curiosa, reunió todos los chiquillos del barrio aguardando
en su ventana la visita macabra, que no se hizo esperar
mucho.
-Señorita buenas noches- saludo golpeando la vidriera de
la ventana.
-Buenas noches caballero- respondió la curiosa, mientras
con la mano feliz caba los niños que se habían dormido
profundamente, y no querían despertar. En vano la curiosa
les decía:
Niñitos, buenitos, despierten, que viene el gato con la
muerte, niñitos, buenitos, despierten, que viene el perro
con la muerte.
Pero los niños no despertaron y el condenado con voz de
ultratumba, le gritó:
-Tu curiosidad te ha perdido.
Acto seguido, la puso en un coche de fuego y la arrastró a
los infiernos.
(Recogido en la ciudad de La Paz 1952).

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